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Monday, September 17, 2012
La Flaca
Oswaldo Olivas
Me la mataron. Pinches chotas no valoran la vida.
Tres años anduvo conmigo. Me la encontré en Mazatlán, la última vez que regresé del atún.
Una vez mordió a una doñita, pero no era brava.
La semana pasada estaba en el parque del Mundito, porque ya no nos dejan entrar al parque Madero. Llegaron los mulas y me quisieron levantar.
La Flaca se puso roñosa y le ladró al policía. El culero le pegó un patadón en la cabeza.
Algo le movió, porque estuvo convulsionándose un rato.
No la libró.
El pinche perro se fue riendo.
Tuesday, August 28, 2012
Cicatrices y misterios
Oswaldo Olivas
Estuve allí cuando murió su madre. Lo conozco desde hace cuatro años y sé la historia de algunas sus cicatrices.
No habla conmigo, aún así nos entendemos.
Nos vemos casi a diario, no hay un lazo sanguíneo pero somos famila.
Su madre enfermó de repente y a las pocas semanas murió. A él no le importó, como si no se hubiera enterado.
Me ha enseñado que cada cicatriz es una historia o un misterio. Nunca sabré cómo perdió ese pedacito de oreja.
Me hace pensar sobre la muerte, imagino que morirá primero que yo, como pasó con sus versiones anteriores.
Le gusta matar animales y lo presume, no estoy de acuerdo pero es su naturaleza. No espero que cambie.
A veces me mira sin moverse hasta que se duerme.
Todos los días le cambio de nombre.
Sunday, August 19, 2012
Rieles
Por Oswaldo Olivas
Soy de la generación que conoció los trenes. Cuando era niño, me entusiasmaba viajar, no por los destinos, sino por subirme a esa imponente máquina donde uno podía recorrer de punta a punta observando a la gente y escuchando el sonido del metal sobre los rieles.
Nunca pedía juguetes a mis padres, ellos decidían, no sé si batallaban para elegir qué regalarme en mi cumpleaños y otras fechas del calendario de regalos.
Lo común era que me comprarán música, discos de vinil y de colores con música para niños.
Pero hubo un momento, no sé si fue Navidad, mi cumpleaños o simplemente un gran día, que llegó mi padre con una caja. No tenía moño ni estaba envuelto en papel colorido. Era un tren. Locomotora, tres vagones y el cabús. Decenas de tramos de vías que armé y desarmé durante miles de horas. Formaba nuevas rutas, fabricaba túneles con cajas de zapatos, paisajes con sillas, sillones, y cualquier objeto presente en la casa.El tren no era un juguete, era el motivo para construir la ciudad, el campo y lugares fantásticos en los que gatos gigantes ponían en riesgo la vida de pasajeros, que junto a mí, siempre viajaban gratis en el ferrocarril.
No sé cuál fue el último destino de ese tren, desapareció como sus similares de cientos de toneladas.
Hoy ya no venden trenes de juguete, como si alguien quisiera borrarlos de nuestras memorias.
Tuesday, August 14, 2012
Fuga del recuerdo
Por Oswaldo Olivas
Tengo pocos recuerdos de mi infancia. No puedo calificarla de feliz o triste. Recuerdo escenas que a veces dudo si fueron reales. Mi padre leyendo el periódico en voz alta cuando yo no sabía leer, mi madre apagando el sillón que incendié cuando jugaba con fósforos, una mudanza de ciudad a causa de problemas económicos. Siempre teníamos un gato.
Sólo tengo un recuerdo muy claro: cuando tenía siete años me regañaron por alguna razón. Hice un berrinche y me fui de la casa. Caminé durante unas horas por la colonia Cortinas de Ciudad Obregón. Fue la primera vez que sentí la libertad de vagar.
Luego, en un acto que ahora veo cruel, regresé a escondidas a la casa y debajo de una cama observé durante un rato el espectáculo de la preocupación de mis padres.
Ese día comenzaron mis recuerdos.
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