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Tuesday, September 11, 2012
Cada nota retumbaba en mis oídos
Fernando Andrade
Me despertaron las luces en la carretera. Apenas podía abrir los ojos. Era de madrugada y faltaban algunas horas para llegar a nuestro destino. Tú manejabas, y los dos compañeros del asiento trasero dormían. El ambiente era helado, pues viajábamos con la refrigeración en el nivel más alto.
En el estéreo, sonaba el disco de Mogwai que escuchamos varias veces durante el viaje. Para ser exactos, la canción que escuché al despertar fue la de Hunted by a Freak.
Recuerdo la atmósfera de desolación creada por los guitarrazos al escapar de las bocinas, y el vacío en el estómago que me provocaba. No era la banda sonora perfecta para un viaje nocturno, pero el disco seguía ahí, en repeat perpetuo, y nadie presionaría el botón de expulsar.
Cada nota retumbaba en mis oídos y me hacía pensar que la canción estaba basada en nuestra historia. Imaginé que yo era una presa desamparada y tú, a lo lejos, buscabas el momento perfecto para jalar el gatillo. En tus dominios, predecías todos mis movimientos, siempre un paso adelante. Que sólo era cuestión de tiempo para rendirme ante la emboscada.
Qué equivocación la mía. Mi sangre ya estaba completamente drenada, mis pedazos ya vendidos al carnicero de la colonia. Mi cabeza disecada, clavada en tu corredor. Felicidades. Como los cazadores, supiste aprovechar el momento de confusión. Con astucia, reconociste en mis ojos, el brillo de quien ha visto muy poco. Eso fue así.
Claro, me faltaba mucho para saberlo. Uno va por la vida desconociendo que ya fue destazado, y está listo para consumo. Con la tranquilidad que sólo puede brindar la ignorancia, cerré los ojos, y me dejé arrullar por la misma melodía con la que los había abierto, creyéndome listo para tu siguiente ataque.
Wednesday, August 22, 2012
Encuentros
Fernando Andrade
Primer encuentro.
Tengo 4 años, son las tres de la mañana de Noche Buena que todos pasamos en casa de mi Nana Licha. Me levanto de la cama, y en mis pijamas de Superman, me introduzco en la nube de cigarro de la sala. Le pregunto a mi tío David, "¿ya llegó Santa Clós?" Él me contesta, "no mijito, todavía no llega, vete a acostar, ándale". Sin cuestionar, me regreso a la cama donde duermen mis primitos y cierro los ojos. Creo en Santa Clós.
Segundo encuentro.
| Foto: Carlos Sánchez. |
Tercer encuentro.
Tengo seis años. Es veinticinco de diciembre, y son las once de la mañana. Mi hermano y yo en casa de la abuela y desesperados, tratamos de despertar a mi papá, para que nos lleve a casa por nuestro regalo. Mi mamá entra al cuarto y nos dice que, antes de casa, tenemos que ir a misa. El René y yo, sólo pensamos en el Atari que nos espera al llegar. Después de chutarnos la misa de doce, seguido de los abrazos eternos, al fin llegamos. Entramos corriendo, directo al arbolito, repleto de luces apagadas. El Atari no está. El Atari no está. Nos paralizamos sin saber qué hacer. Cuando estamos a punto del dueto de llantos volteamos a la cocina y allí, en el suelo, dentro de una bolsa de papel, yace nuestro Atari. Santa sólo tuvo tiempo de entrar a la cocina. Creo en Santa Clós.
Después de tantos años, es curioso: recuerdo las consecuencias de tener unos papás torpes en Navidad, pero, por más que intento, no puedo recordar el día que dejé de creer en Santa Clós.
Tuesday, August 14, 2012
Ellos y tú
Por Fernando Andrade
Ellos trabajando todo el día para poder darnos la
mejor educación. Ellos mandándote a una escuela de paga a la que asistían los
Zaied, y los Dabdoub, las familias más poderosas de la ciudad. Él, siempre
enojado porque sólo había dinero para pagar la colegiatura. Ella, siempre con
los ojos tristes porque él, siempre enojado.
Tú, callado y taciturno porque no
querías estar en ese lugar. Tú, tomado de las rejas con todas tus fuerzas,
imaginando que, como He-Man, las podrías abrir y escapar. Tú, con todas las
estrellitas doradas en la frente.
Ella, preocupada porque la maestra
cree que el primogénito es un autista. Él, tomando y gritando, y generalmente
no sabiendo cómo se es un padre.
Y él te regala la mitad de un chicle Bubble
Yum de sandía, y tú lo guardas como un tesoro. Y llega el recreo, sacas de tu
bolsa el chicle con marcas de dientes, para presumirlo; pero llega un
idiota, que es, como, el hijo del presidente, y abre un paquete completo
de chicles. Tú, masticas y callas.
Y tú no entiendes. Los papás no saben
nada. Nunca es suficiente. Nada es suficiente. Y pasan los años, y luego sí lo
entiendes.
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